Fotografía realizada por Gon Granja

Este es un texto que escribí cuando por fin decidí hacerme el blog, pero al estar en movimiento, pude concretarlo meses después. Al volverlo a leer, me parece que todo estaba tan a flor de piel que tengo muchas ganas de compartir un poco de lo que viví en esta región durante el viaje de la Ruta 40.

Debo decir que escribo desde que tengo uso de razón, tengo una biblioteca llena de diarios y cuadernos desde que soy muy chica hasta el día de hoy. Mis agendas más que una agenda convencional son mi bitácora de vida.

Como dije, escribo desde hace tiempo pero aún así nunca me imagine que mi primer texto con deseo de ser compartido con otros, lo iba a estar escribiendo desde un balcón en la cúspide de un cerro. ¿Un balcón en la cúspide de un cerro?  Sí, pero esta vez estar ahí arriba tiene un ingrediente diferente.

Para ser más descriptiva, nos encontramos en una habitación de una familia que vive ruralmente. Pero no estoy hablando de una habitación cualquiera sino que ésta  fue construida con piedras por sus ocho hijos, de manera que ellos subían hasta acá e iban colocando piedra por piedra. Me quede boquiabierta con esta historia mientras la familia me la contaba.

Pero volvamos a la habitación,  ésta se caracteriza por no tener luz (sólo la natural), y goza de una privilegiada vista hacia las estrellas por un lado y por el otro, un balcón por el cual alcanzas a dilucidar las luces de la ciudad de Cafayate. Mi alma se siente danzando con el aire de este lugar.

De verdad, no exagero. Quiero que el tiempo se paralice ya mismo, pues me resulta un instante impensable, inimaginable, pero consciente e inconscientemente buscado.

Cerro Siete Colores en Purmamarca, Jujuy.
La habitación de la que hablo, turismo rural en Cafayate.
También es una buena forma de ayudar a la economía local.

Voy registrando como esta partecita del país me ha movido todos los esquemas.

El norte se muestra alegre, sonriente, colorido y pintorezco. Sus pueblos tienen una mística que parece que se hubieran perpetuado en el tiempo, y sus cerros de diferentes matices adornan el lugar y le dan una impronta muy especial a sus tierras.

Le tengo un cariño particular, nos recibió con mucha calidez y los brazos enormemente  abiertos.

Y es que, ¿Cómo no tenerle cariño a la señora Almira que baja de la montaña en Iruya con sus artesanías cargadas a la espalda en un manto de color blanco para trabajar y charlar con los turistas? Además de hacer un arte bellísimo, no tardó en contar sus creencias, en hablar del destino y de su forma de ver la vida.

Qué especial hace la gente al lugar

Almira en Iruya, fotografía tomada por Gon Granja

A decir verdad, el norte, también, nos conectó con nuestras raíces argentinas. Se lució con sus museos donde guarda la historia de los sucesos patrios y con la arqueología. ¡Por fin pude comprender de una manera más dinámica y vivencial como fueron transcurriendo los hechos que nos enseñaron en las escuelas de chicos!.

Esto me llevo a pensar que vivimos en un país enorme, que las distancias geográficas incitan a que seamos tan diferentes pero a la vez tan parecidos, pues nos delata el compartir los mismos orígenes.

Asimismo el norte nos habló, que sus tradiciones pasan de generación en generación, y cómo se trabaja para que eso no se pierda: ¡Hasta los artesanos me enseñaron a tejer en un telar y me explicaron como moldear la arcilla!. Se esfuerzan para que su región no pierda su sagrada identidad.

Confección de vajilla artesanal, fotografía tomada por Gon Granja

El norte, también, se lució con nuevos sabores para nuestro paladar, hemos comido desde tortilla rellena, humita, locro, un tamal, y variedad de empanadas recién cocinadas por algún local.

Nos reveló creencias, mitos, celebración de la Pachamama y el cómo agradecer a la madre tierra por el agua y los cultivos que nos da. Presto atención como conservan la manera ecocentrista en la que viven, el ser humano es igual su entorno y vive en armonía con la naturaleza (que es el paradigma que existía antes que venga el antropocentrismo, el hombre como centro del universo) y sólo se me cruza reafirmar ¡cuánto hay para aprender de ellos!.

Mencionó que el norte me movió todos los esquemas, porque su gente nos enseñó que una persona puede tener muchos oficios diferentes, que puede sonreírle a la vida todos los días, volviéndonos a recordar lo que es estar presentes: estar verdaderamente en en el aquí y ahora, desconectados, retornando el viajar a la antigua: sin gps sino con mapas y preguntando a las personas que pasaban cerca donde quedaba cada lugar a lo que respondían, “ preguntá allá o toca aquella puerta azul”.

El norte me vino a honrar el valor de la solidaridad: rompió con las barreras entre desconocidos, ofreciéndonos compartir una mesa con un plato de comida en su casa y con esto hacernos ver, que siempre se puede ser más noble y amable con el otro.

El norte me movió los esquemas porque nos mostró una diversidad paisajística alucinante. Pudimos revelar más de lo que creíamos poder llegar a ver: selvas, puna, valles, desiertos, dunas, lagunas, cascadas congeladas y cerros de los más diversos colores.

 ¡Para!, ¿selva en el norte argentino? ¡Sí! e igual de importante ambientalmente que nuestra selva misionera.

Purmamarca, Jujuy, Argentina.

Suspiro y recuerdo qué intenso y emocionante  fue el primer mes que estuvimos acá . Aprendimos todos los días un poco más lo que es la vida nómade en una camioneta.  Un mes de días largos y de cocinar al aire libre, de perder la noción del tiempo, de permitidos de chocolates y helados muy seguido, de charlas profundas, noches bajo las estrellas, de acariciar llamas, de un viaje tanto exterior como interior.

Siendo hoy  el último día que estamos en el norte, me pongo nostálgica. Me noto atrapada en el buen sentido de la palabra por las personas que viven acá. Y es que estamos acompañados de momentos cotidianos admirables, nos comparten su mesa con comida que ellos mismos previamente cultivan, nos intercambian su experiencia de recibir gente de todas partes del mundo como una forma de estar más cerca “del mundo”. Están fascinados con el intercambio que se genera, y nosotros estamos fascinados con su hospitalidad tan cálida y humana.

Sin dudas, estas personas me hicieron volver a lo esencial, es la lección aprendida, pues son de esos momentos que perduran en tu corazón y hacen que todo cobre sentido.

Agradecidos y consciente que la vida es tan efímera, recordamos que siempre lo que queda son las vivencias, lo compartido y transmitido con las personas que te cruzas en el camino.

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